Wawrinka gana el US Open 2016 ,es el antídoto contra Djokovic.

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Como ya pasase el curso pasado en Roland Garros, el suizo exprime al número uno (6-7, 6-4, 7-5 y 6-3, después de 3h 54m) y eleva en Nueva York el tercer grande de su carrera, la misma cifra que Murray

Wawrinka gana el US Open 2016 AFP/ EL PAÍS VÍDEO
  Ni Andy Murray, ni Roger Federer, ni Rafael Nadal. El mejor antídoto contra Novak Djokovic se llama Stan Wawrinka, un suizo bonachón que juega al tenis como los ángeles y que ayer derrotó al número uno en la final de Nueva York (6-7, 6-4, 7-5 y 6-3, después de 3h 54m), para elevar el tercer grande de su carrera. En un pulso delicioso, plagado de matices técnicos, el de Lausana volvió a demostrar que si hay alguien que sabe buscarle las cosquillas y desquiciar al serbio es él, el hombre que vive plácidamente a la sombra, a rebufo de los cuatro titanes.
      Juega por impulsos Wawrinka, ciclotímico, tan curvilíneo que existen momentos del año en los que parece que la cosa no va con él. Como en el arranque de esta final neoyorquina, en la que le costó entrar un buen rato, la media hora que le concedió a Djokovic durante el primer parcial. Pero, desfogado el serbio en ese inicio, falsa ilusión, después le pulverizó con una tormenta perfecta de golpes, templanza e inteligencia. Con un ritmo infernal. El serbio, que apuntaba a su 13º gran título –y a situarse, por tanto, a solo uno de Nadal–, terminó extenuado y derrotado. Hecho polvo.

Va camino Wawrinka de convertirse en su peor pesadilla. El curso pasado le privó de su primer Roland Garros y de cerrar el círculo del Grand Slam (los cuatromajors en una misma temporada), y ahora, sobre el asfalto de Flushing Meadows, una nueva lección de competitividad y pundonor. Y eso que Nole llegaba muchísimo más fresco, con la mitad de tiempo en pista. Sin embargo, lo que a priori se percibía como una ventaja se transformó después en una rémora, porque el que dictó fue el suizo, punzante con el revés y la derecha, dominante. Forzó al de Belgrado a corretear por toda la Arthur Ashe, desgastándole y exigiéndole golpeos desde ángulos inverosímiles. Así que Djokovic terminó fundido y cojeando, atendido por el médico, con una ampolla en su pie derecho, sangrante y tembloroso.

Sufrió Djokovic, al que esta temporada se le está haciendo demasiado larga. Después de dos años en la cúspide, sin nadie que le tosiera, ha perdido fuelle el serbio, derribado prematuramente en Wimbledon y Río, y sin opción prácticamente frente a Wawrinka. Este, 31 años, pulido por el sueco Magnus Norman, ha alcanzado la madurez tenística y disfruta en las alturas. Lo corrobora un dato: ha ganado las últimas 11 finales que ha disputado; tres de ellas en grandes escenarios (Melbourne, París y Nueva York), a una por año desde aquella de 2014 en las antípodas, contra un Nadal lesionado.

A Nole se le está haciendo demasiado largo el curso. Ha perdido fuelle. Los dos años en la cima pesan en la mente y las piernas

Como no encontraba la vía, Djokovic miraba a su box, a ver si Boris Becker o Marian Vajda le aportaban alguna solución. Pero no, no hubo forma para él, siempre expresivo, boquiabierto ante algunos puntos de su rival, enrabietado –recibió un warning por romper una raqueta– y resignado frente al vendaval suizo. Porque ayer, de nuevo, Wawrinka fue un torbellino. Otra vez. Trasquiló al número uno a una velocidad de vértigo. Allá va un revés paralelo, allá una derecha cruzada; allá un tiro liftado, allá otro plano y profundo. Engañosa su figura, más fornida y menos atlética que el molde que prima en el circuito.

Singular y fabuloso lo de Stanimal, que en la tercera ronda del torneo sorteó una bola de partido en contra con Daniel Evans y que sin hacer ruido ya contabiliza la misma cifra de grandes de Murray. Mientras, Djokovic no pudo alimentar su palmarés. Se quedó sin revalidar el título del año pasado en la Gran Manzana, donde en siete finales solo ha podido llevarse dos trofeos. Los 46 winners de Wawrinka (por los 30 suyos) le abrasaron; también, el hecho de materializar solo tres opciones de rotura de las 17 que dispuso. No era su día, no. La gloria era para Stan, el hombre del antídoto.

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