Nadal, campeón eterno en París.

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La duodécima portada en París llega un 9 de junio, otro domingo para siempre, tan feliz Rafael Nadal como en su primer mordisco en Roland Garros, que cayó hace ya 14 primaveras. Van pasando los años, pero lo que nunca cambia es el campeón, un palmarés que apenas acepta otro nombre que no sea el del español. Son 12 títulos aquí, una animalada que no se puede calibrar con exactitud, no al menos ahora, y queda más que evidente que en este escenario manda Nadal, imperativo para demostrarle a Dominic Thiem que el relevo está ahí, pero que aún no se lo cede. El austriaco, que lo tiene casi todo, asumió como en 2018 la realidad de París, derrotado por 6-3, 5-7, 6-1 y 6-1 en tres horas exactas. Gloria eterna para don Rafael Nadal Parera, rey de la tierra y de todo lo que se proponga.

En 24 minutos, coser y cantar, Nadal firmó un 6-1 avasallador, y quedaba a tiro de la duodécima Copa de los Mosqueteros, expuesta a escasos metros del Rey Juan Carlos, ilustre representación en el palco. Ondeaban las banderas españolas, que había más que nunca, y se vibraba con el «¡Rafa, Rafa!». Por si había dudas, París ama profundamente al dueño de su tierra y ya no hay ni rastro de las rencillas del pasado, más que merecido el reconocimiento a un campeón eterno.

El salto al cielo de París llego a las 18 horas y 13 minutos, rebozado Nadal de tierra, campeón eterno de Roland Garros. Solo Margaret Court, con sus once Australias, hizo algo parecido, pero la hegemonía del balear en este escenario se antoja irrepetible. Son ya 18 Grand Slams y queda a dos de Roger Federer, nunca ha estado el suizo tan cerca. Esa, la batalla por ser el más laureado, será otra historia, pero lo que cuenta esta vez es lo conquistado en Roland Garros. Junio, París y Nadal, la mejor mezcla de la historia del deporte.

Nadal tras el triunfo

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