El Salvador necesita más democracia, no golpes ni dictaduras.

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Las acciones del mandatario amenazan la democracia en la nación centroamericana. La comunidad internacional debe estar atenta.

Esa fue su justificación para el autogolpe: la Asamblea no le autoriza a negociar un préstamo de 109 millones de dólares para financiar la tercera fase de su plan de seguridad pública. Un plan que nadie fuera del gobierno conoce porque la mayoría de sus componentes son confidenciales. Pero el argumento funciona como catalizador populista, porque la seguridad es la principal preocupación de los salvadoreños.

asamblea EL Salvador

Este presidente, quien apenas lleva ocho meses en el cargo, ha violentado dos de nuestros fundamentos democráticos. En 1992, cuando el gobierno y la guerrilla pusieron fin a la guerra civil mediante un acuerdo de paz, acordaron depurar y reformar el ejército para garantizar que no tuviera ninguna participación en nuestra vida política. Eso, y el compromiso de dirimir las diferencias políticas en las instituciones del Estado, permitieron que dos fuerzas surgidas y enfrentadas en la guerra, Arena y el FMLN, convivieran en la paz como partidos políticos.

Por José Miguel Vivanco

El 9 de febrero, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, llegó a la Asamblea Legislativa con un grupo de militares uniformados que portaban armas automáticas. El mandatario quiere que el órgano legislativo apruebe un préstamo de 109 millones de dólares que otorgaría el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), para que pueda comprar helicópteros, gafas de visión nocturna, un sistema de videovigilancia, un barco y más equipo para que los militares combatan al crimen, su principal propuesta política para abordar la violencia de las pandillas que enfrenta el país.

Este ha sido el despliegue más evidente de fuerza bruta desde el fin de la guerra civil de El Salvador en 1992. Sin embargo, la falta de críticas internacionales fue incluso más impactante que la entrada dramática del presidente a la Asamblea.

Estados Unidos y la Unión Europea han emitido solamente reproches leves. Se necesita más que eso para intimidar a un hombre que muestra una total indiferencia hacia el equilibrio de los poderes democráticos.EL TIMESSi quieres recibir en tu correo las mejores columnas de opinión de The New York Times en nuestro idioma, suscríbete aquí a El Times, el boletín en español.

Bukele, quien tiene minoría en el congreso, invocó el artículo 167 para convocar a una sesión extraordinaria durante el fin de semana con el objetivo de respaldar su plan. Según expertos legales, el artículo 167 puede ser empleado solo para convocar de manera extraordinaria al congreso durante un receso cuando ocurre un desastre natural o una invasión, no para hacer lo que al presidente le plazca.

El día siguiente, acompañado por soldados que cargaban rifles automáticos, Bukele ingresó a la cámara legislativa y ocupó la silla del presidente del órgano, quien no asistió. Agachó la cabeza y oró durante tres minutos. Cuando levantó el rostro, informó a los soldados y a los pocos diputados asistentes que había estado “hablando con Dios” y que, afortunadamente para ellos, le había pedido paciencia.

Anunció que le daría al congreso una semana para aprobar el préstamo.

“¿Acaso con el fusil en la cabeza nos van a obligar a votar?”, dijo Leonardo Bonilla, un diputado independiente que ha respaldado muchas de las propuestas de Bukele y que fue uno de los pocos que asistió a la sesión. “Esto no es una democracia ya”.

El 10 de febrero, la Corte Suprema de Justicia de El Salvador suspendió cualquier acto resultante de la sesión de emergencia y ordenó a Bukele que se abstuviera de usar al ejército de maneras que son inconstitucionales y ponen “en riesgo la forma de gobierno republicano, democrático y representativo”. El fallo, un acto valiente que es posible debido a varias décadas de lento progreso democrático que ha ayudado a arraigar un poder judicial independiente, merece ser aplaudido y apoyado tanto desde dentro de El Salvador como desde el extranjero.

La delegación de la Unión Europea en El Salvador emitió un pronunciamiento en el que expresaba su “gran preocupación” e invocaba, con toda razón, la importancia del Estado de derecho, el respeto al pluralismo político y la separación de poderes, pero después hizo una falsa equivalencia al exhortar tanto al presidente como a la Asamblea Legislativa a respetar la independencia institucional. Para ser claros, quien se extralimitó no fue el congreso, sino Bukele.

El embajador de Estados Unidos en El Salvador dijo que no aprobaba la presencia militar en la Asamblea Legislativa, y también reconoció los llamados a la “paciencia”, con lo que hizo eco del término usado por el presidente Bukele.

El secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Luis Almagro en Los Estados miembro de la OEA deberían reaccionar de manera consistente ante este tipo de arrebatos, sin importar la ideología política ni el apoyo popular de nuestros líderes. Su silencio podría ser interpretado como un respaldo tácito. No deberían normalizar los insolentes ataques del presidente Bukele a las instituciones democráticas. No debería haber cabida para una doble moral.

Esta es la segunda cuestión que hoy sabemos: en El Salvador aún no hay una fractura significativa de la sociedad organizada por la que se cuelen simpatías por estas intentonas. Gremiales empresariales, defensores de derechos humanos, universidades, movimientos feministas, partidos políticos, organizaciones de víctimas de la guerra, prensa y gobiernos extranjeros, todos de manera unánime condenaron la intentona golpista. Y la frenaron.

Una consigna contra el presidente salvadoreño cuelga cerca de la Universidad de El Salvador en la capital del país


Fuentes _-José Miguel Vivanco es el director para las Américas de Human Rights Watch y _www.nytimes.com

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