El Desembarco de los Treinta y Tres Orientales un 19 de abril ,hace 193 años .

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El Desembarco de los Treinta y Tres Orientales un 19 de abril -fecha patria que recordamos cada año- representó un hecho medular en la Cruzada Libertadora de 1825.

Hecho medular en la Cruzada Libertadora de 1825. 

Obra de Juan Manuel Blanes

liderado por Juan Antonio Lavalleja, que se inició con el legendario desembarco de los Treinta y Tres Orientales el 19 de abril de 1825.

Político y militar uruguayo (Minas, 1784 – Montevideo, 1853). Apenas iniciada la Revolución Oriental de 1811 acaudillada por Artigas, se incorporó y tomó parte en las principales acciones militares hasta 1818. Este mismo año, durante la guerra con Brasil, fue hecho prisionero y enviado a la Isla de las Cobras, en Río de Janeiro hasta 1821. En 1823, se unió al movimiento revolucionario iniciado por la logia masónica “Caballeros Orientales” y el Cabildo de Montevideo para obtener la independencia de Brasil pero, fracasado ese intento, partió al exilio en Buenos Aires. Allí preparó y dirigió la llamada Cruzada Libertadora de los Treinta y tres Orientales, que buscaba liberar a la P-Oriental de la dominación brasileña para unirla a la Argentina.

Con la “cruzada libertadora” va a dar comienzo la insurrección de los orientales contra el dominio brasileñoAnteriormente, el 25 de agosto de 1825, un congreso de orientales reunido en la ciudad de Florida se había pronunciado en contra del dominio brasileño y a favor de la unión con las provincias platenses.

 LA CRUZADA LIBERTADORA

¿Donde y cómo se organizó la revolución? Los exiliados orientales que estaban en Buenos Aires se reunían en el comercio de Luis Ceferino de la Torre o en los saladeros de Pedro Trápani preparando la insurrección. Entre otros asistían a esas reuniones Juan Antonio Lavalleja, Manuel Oribe, Manuel Lavalleja, Pedro Trápani, Simón del Pino, Pablo Zufriateguy, Atanasio Sierra y Manuel Freyre.

 OBJETIVOS DE LOS REVOLUCIONARIOS

Los objetivos militares eran:

  1. A) Extender la revolución desde el oeste hacia el este dividiendo y aislando al ejército brasileño que quedara al sur.
  2. B) Mantener la zona del litoral porque a través de ella se podía recibir ayuda de las provincias argentinas.
  3. C) Organizar un ejército capaz de soportar una larga campaña.
  4. D) Demostrar fuerza y eficiencia para recibir ayuda desde las Provincias Unidas.

Los objetivos politicos 

  1. La creación de un gobierno para administrar los territorios que se fueran liberando y demostrar capacidad para mantener el orden y de esa manera obtener el apoyo de las Provincias Unidas y lograr  que estas entraran en guerra con Brasil.
  2. El otro objetivo, la creación de un gobierno, también se cumplió. CREACION DE UN GOBIERNO PROVINCIAL.

 

Dice don Luis Ceferino de la Torre, que dispuestas las cosas y prontos para arrojarse a la empresa, partieron nuevamente de Buenos Aires, “Manuel Lavalleja, Sierra y Freire con una docena de compañeros, conduciendo el armamento a depositarlo en la Isla Brazo Largo, punto de reunión acordado,

que estando cerca de la costa y de la estancia de Tomás Gómez, debían combinar con éste el día que les arrimase caballos a los expedicionarios”.267 Spikerman, en su diario, declara que el 1° de abril se embarcaron a las 12 de la noche, en la costa de San Isidro, en un lanchón, los nueve

primeros individuos de la expedición, desembarcando y acampando en una isla formada por un ramal del Paraná, llamada Brazo Largo. Los nueve individuos eran: don Manuel Oribe, don Manuel Freire, don Manuel Lavalleja, don Atanasio Sierra, don Juan Spikerman, don Carmelo Colman,

Sargento Areguati, don José Leguizamón (a) Palomo y baqueano Manuel Cheveste.268

De María incluye también en este primer contingente a Dionisio Oribe, criado de don Manuel Oribe.269

“Este primer grupo era portador de cantidad de armas, pertrechos y equipos recolectados en Buenos Aires”.270 Dice Spikerman que el primer grupo de cruzados permaneció quince días a la espera de los compañeros que debían venir con Lavalleja; y De María asegura que durante la estada de aquellos

en la isla, “pasaron de oculto a la costa oriental, Oribe, Lavalleja (Manuel) y el baqueano Cheveste, con el objeto de hablar con Gómez (don Tomás) y convenir el día y punto en que debía esperar con caballada a los expedicionarios”. Vueltos a la isla de Brazo Largo, aguardaron el arribo de la

segunda expedición unos diez días más, al cabo de los cuales “don Manuel Lavalleja y don Manuel Oribe, genios impacientes y movedizos, determinaron irse con Cheveste a inquirir la causa de aquel silencio y buscar qué comer, que por lo pronto era la primera necesidad que había que satisfacer.

Al llegar a tierra la noche era oscura, y casi a tientas dieron con una carbonería, cuyo dueño los llevó a la inmediata estancia de los Ruiz, quienes les explicaron que don Tomás Gómez había sido descubierto, teniendo que escaparse para Buenos Aires, y que las caballadas de la costa habían sido

recogidas e internadas. Cuando Ruiz concluyó su narración, Oribe le contestó resueltamente: pues, amigo, nosotros vamos a desembarcar, aunque sea para marchar a pie; mientras tanto, vean de darnos un poco de carne, porque nos morimos de hambre en la isla. Vista por los hermanos Ruiz la

decisión de los expedicionarios, convinieron en favorecer resueltamente sus intentos, en hacer las señales de aproximación, en aprontar los caballos, en hablar con algunos amigos y en evitar cualquier choque extemporáneo con aquel terrible Tornero que guardaba la costa”.271

Volviendo a los demás expedicionarios y respecto de las incidencias de su travesía, es interesante la versión de Luis Sacarello, que vino como marinero en los lanchones de la segunda expedición. “Hallábase Sacarello el año 25 en Barracas, entregado a sus faenas de carpintero de ribera, cuando

en la tarde del 15 de abril fue tomado por un carpintero Manuel, de la partida, y sin permitirle hablar, embarcólo en un lanchón”. “Poco antes de ponerse el Sol partió el lanchón en dirección al Paraná de las Palmas, pero atracando a la costa de San Isidro recibió en esa noche a su bordo al

General Lavalleja, siete oficiales y varios otros individuos”. Y agrega el relato: “En el resto de la noche remontamos el Canal del Chaná, hasta la boca del Miní, en donde nos acercamos a una isla y continuamos la noche siguiente, del 17, hasta la boca del Guazú, y nos escondimos en la isla que está

frente a Punta Gorda; a la noche siguiente, del 18, se nos dio la voz de silencio y palabra seca, por el temor que había a la vigilancia de los cruceros brasileños, y en cuanto llegamos a la Punta Gorda bajaron a tierra dos hombres, que volvieron pronto. Empezamos a costear río arriba hasta

Punta Chaparro, en donde bajaron los dos hombres; seguimos a Casa Blanca (estancia), y allí también bajaron; continuamos hasta la Punta del Arenal Grande, y allí bajaron y hablaron los dos hombres con un austriaco que tenía inmediato a la costa un rancho, quien dio la noticia de que la gente

que buscábamos se hallaba en el Rincón, entre el monte, y entonces fuimos hasta la Punta de Amarillo, que es la de San Salvador, en donde desembarcaron todos a las tres de la mañana del 19. Parece que allí encontraron gente reunida y entonces se internaron y nosotros nos volvimos para

Buenos Aires”.272 La versión transcrita no armoniza con lo declarado por Spikerman, en cuanto éste atribuye le demora de Lavalleja a un temporal que habría obligado a los expedicionarios a detenerse para no perecer; y al mismo tiempo pone en evidencia la inquietud que dominaba a los Cruzados,

que en todas partes hacían alto y a la que no sería ajeno el temor por la suerte de sus compañeros. Con Lavalleja venían don Pablo Zufriategui y 20 individuos más.

Reunidos todos los expedicionarios, “nos embarcamos en dos lanchones y navegamos toda la noche hasta ponernos a la vista de la costa oriental, a fin de hacer la travesía del Uruguay en la noche del 19. El río estaba cruzado por lanchas de guerra imperiales, y por consiguiente emprendimos marcha

en esa noche. A las siete, habiendo navegado como dos horas, nos encontramos entre dos buques enemigos, uno a babor y otro a estribor; veíamos sus faroles a muy poca distancia; el viento era Sur, muy lento, y tuvimos que hacer uso de los remos”.273

La noche anterior, “una fogata encendida en una quebrada indicaba el punto a que debían dirigirse en la ribera; pero, como la noche fuese muy oscura y el viento contrariase la dirección de las velas, Ruiz cambió el punto en que debían aproximarse, que era en el Sauce, por otro de más

favorable corriente, encendiendo otra fogata fugitiva en la embocadura de un arroyo llamado Gutiérrez, de la jurisdicción de la Agraciada”. En el sitio elegido para el desembarco, “los hermanos Ruiz y algunos orientales más esperaban allí con setenta caballos escondidos en unas

breñas inmediatas”.274 Contradicen esta afirmación el relato de Spikerman, las memorias del general Lavalleja y la opinión de la mayoría de los historiadores, según se verá en seguida.

Rezan las crónicas de la epopeya, que cuando los cruzados pisaron el suelo de la patria, no pudieron reprimir un impulso que los llevó a besarlo. La escena, de por sí solemne, debió cobrar entonces toda su intensidad. No constituía este hermoso gesto de honda emoción, una nota discordante

ni extraña a la modalidad de aquellos hombres de sencillo corazón.

Si bien se mira, su obra entera era más que nada una obra de sentimiento. El cálculo o las ventajas jamás dan resultados tan sorprendentes. Las convicciones doctrinarias, por sí solas, podrán hacer legistas, pero nunca héroes. Estas grandes e inauditas empresas han de partir del corazón.

Y el corazón había sido el único regulador en la vida abnegada y altruista de estos héroes auténticos. Hacían bien en besar el suelo de la patria; tenían derecho a hacerlo.

Ya están los emigrados en la orilla deseada. Son treinta y tres hombres, los mismos que desde 1822 recorrieron en incansable peregrinaje el territorio de las Provincias Unidas, y levantaron en Montevideo la bandera de la rebelión. De sus malhadadas andanzas no traen más que el cansancio del

camino y un poco menos de fe en la solidaridad humana. Están solos, como entonces estaban. Abandonados a si mismos por todos aquellos a quienes llamaron en su ayuda, parece que buscaron lo imposible. Nadie tiene fe en ellos, y ellos la siguen teniendo en sus principios. Parecen iniciados

en una religión que nadie entiende ni quiere entender. Ellos, empero, avanzan sin vacilaciones, como si marcharan sobre un surco abierto de antemano o sobre los rastros de una huella.

Refiere un cronista de los hechos, que tomada tierra por los expedicionarios y escondidas las chalanas en el arroyo de Gutiérrez, volvióse Lavalleja a sus compañeros y con voz conmovida les dijo: “Amigos, estamos en nuestra patria; Dios ayudará nuestros esfuerzos, y si hemos de morir, moriremos

como buenos orientales en nuestra propia tierra”. Agrega el mismo cronista que inmediatamente se ensillaron los caballos,275 se hicieron los cargueros, y la expedicy la expedición se internó en el bosque, buscando un punto más secreto y franco para despachar bomberos y chasques y ordenar el

plan de campaña”.276

por Fuente_Luis Arcos Ferrand

 

Colocado por voto unánime a la cabeza de estos héroes, yo tengo el honor de protestaros en su nombre y en el mío propio, que nuestras aspiraciones sólo llevan por objeto la felicidad de nuestro país, adquirirle su libertad. Constituir la provincia bajo el régimen representativo republicano, en uniformidad a las demás de la antigua unión. Estrechar con ellas los dulces vínculos que antes la ligaban. Preservarla de la horrible plaga de la anarquía y fundar el imperio de la ley. He aquí nuestros votos. Retirados a nuestros hogares después de terminar la guerra, nuestra más digna recompensa será la gratitud de nuestros conciudadanos. Argentinos – Orientales: El mundo ha fijado sobre vosotros su atención. La guerra va a sellar nuestros destinos. Combatid, pues, y reconquistad el hecho más precioso del hombre digno de serlo. —
Campo volante, abril de 1825. — Juan A. Lavalleja.”

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