Afganistán_La guerra sin fin. Niaz Bibi,su mirada lo dice todo.

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De todas las cosas tristes y desgarradoras que como periodista he visto en Afganistán, la casa de Niaz Bibi fue probablemente una de las peores.


Niaz Bibi (C), junto a sus nietos y bisnietos, sostiene una foto de sus hijos asesinados por el Estado Islámico, en la provincia afgana de Nangarhar, el 16 de abril de 2019 (AFP / Noorullah Shirzada)

A sus 70 años, esta mujer se convirtió en la madre de unos 40 niños, hijos de sus tres hijos y tres nietos asesinados por el Estado Islámico (EI).

Bibi hace lo mejor que puede, pero es tan pobre que todos viven en condiciones no mucho mejores que las que tendrían en una cárcel.

«¿Has visto a mi padre?», me preguntaron algunos de los niños el día que visité su casa. No sabían que sus padres estaban muertos. Pensaban que simplemente habían ido a algún lugar. Miraban sus fotos y contaban los minutos para su regreso.

¿Esto es lo que les pasará a mis hijos si un día no vuelvo a casa?, pensé, con las lágrimas corriendo por mis mejillas al ver cómo Bibi intentaba alimentar a su hambrienta prole con unas pocas rodajas de pan. ¿Creerán que todavía estoy vivo y esperarán por mi regreso?

Más temprano, Bibi me había llevado al lugar, al costado de una carretera, donde combatientes del EI decapitaron a sus hijos en 2016. Las lágrimas brotaron de sus ojos hundidos cuando me contó que los había escuchado gritar por piedad ese día. Nadie llegó.

Un viejo yacía en una cama en un rincón el día que visité su casa. «Es mi esposo. Quedó ciego el día que mataron a sus hijos», me cuenta Bibi. Así que ahora ella se encarga de él y de las decenas de descendientes bajo su tutela.

Todo el mundo parece tener una historia de crueldad del EI en el área donde vive Bibi. Las fuerzas afganas y estadounidenses empujaron a los yihadistas a las montañas, pero los pobladores dicen que están comenzando a regresar. El círculo de violencia, pérdida y venganza es tal que es difícil creer que la familia de Bibi pueda liberarse de él alguna vez.

«Aunque he perdido mucho, si la guerra continúa así, cuando crezcan enviaré a todos estos niños huérfanos a servir a su país y sacrificar sus vidas por su tierra natal», me dijo Bibi.

Vivo en Jalalabad, en el este de Afganistán, donde se desata una guerra entre los talibanes y las fuerzas gubernamentales respaldadas por Estados Unidos y donde el EI está creciendo. Afganistán ha estado inmerso en guerras durante los últimos 40 años, desde que las tropas soviéticas invadieron el 24 de diciembre de 1979. Primero fueron los soviéticos luchando contra los muyahidines, luego los muyahidines luchando entre sí, luego llegaron los talibanes, luego vino la invasión liderada por Estados Unidos que siguió a los ataques del 11S.

Y durante 40 años, los ciudadanos afganos de a pie han sido asesinados, heridos y torturados. Una tercera generación sucesiva de niños está siendo traumatizada. Miles han quedado discapacitados en todos los rincones del país.

otras escenas dramaticas


Hermanos que perdieron sus extremidades se sientan en las afueras de su casa en Khogyani, en la provincia afgana de Nangarhar, el 30 de abril de 2019 (AFP / Noorullah Shirzada

En un momento, los niños salieron y se sentaron en un banco, donde los filmé enrollando medias sobre sus muñones -sus cicatrices apenas se habían curado en el año transcurrido desde la explosión- y sus prótesis. Todos me repetían: «Nuestro futuro está destruido».

Noorullah Shirzada / Periodista basado en Jalalabad, Afganistán

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