2.000 niños y niñas beneficiados por las entradas que donó el Comité Río 2016 a los juzgados de infancia, juventud y de la tercera edad.

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Historias reales y muy emotivas . Ideas que aportan!!!

Las historias de quien llena los estadios vacíos Ya sucedió en Atenas en 2004, en Pekín en 2008 y en Londres en 2012: los estadios solo se llenan cuando Usain Bolt o Michael Phelps compiten en una final cuando la selección local se juega un oro. En Río de Janeiro, las gradas vacías han sido una tónica en los Juegos, principalmente en deportes con menos tradición en Brasil, como la esgrima, pero también en pruebas de atletismo y de natación. A sabiendas de que habría competiciones desiertas, el comité organizador de Río 2016 realizó un estudio previo sobre las sesiones que tendrían menos demanda y repartió gratuitamente 285.000 entradas a varios proyectos sociales (apenas un 4,75% del total de seis millones). Continuó habiendo localidades vacías –las más baratas estos últimos días no bajaron de 100 euros– pero, de vez en cuando, acudió a los estadios otro perfil de público, el de ojos brillantes y piel oscura, que, sin un real en el bolsillo, solo aspiraba a ver los Juegos en una televisión destartalada.

Entre todos los vestidos elegantes que había en su armario, Adelina Monteiro, de 75 años, se decantó por uno amarillo para animar a Brasil en su primer día en un estadio olímpico. Pasará el día en la piscina de saltos ornamentales, aquella que se tiñó de verde. Vecina de Providência, la primera favela de Río, tiene ocho hijos, 16 nietos y seis bisnietos. Son tantos que ya ni se acuerda de cómo se llaman, aunque uno de sus nietos sea Gabriel Monteiro, campeón mundial de jiu-jitsu. Debajo de sus canas, Adelina guarda el recuerdo de la guerra del narcotráfico que sigue presente en su comunidad: un trozo de una bala perdida incrustada en su cráneo desde 1984. “No me duele ni cuando el tiempo cambia. Les pareció mejor dejarla ahí”, explica. Adelina fue al estadio gracias a las entradas que la Unidad de Policía Pacificadora (UPP) que llegó a su barrio para acabar –sin mucho éxito– con el dominio del narcotráfico, ofreció a algunos vecinos de la favela.

Entre todos los vestidos elegantes que había en su armario, Adelina Monteiro, de 75 años, se decantó por uno amarillo para animar a Brasil en su primer día en un estadio olímpico. Pasará el día en la piscina de saltos ornamentales, aquella que se tiñó de verde. Vecina de Providência, la primera favela de Río, tiene ocho hijos, 16 nietos y seis bisnietos. Son tantos que ya ni se acuerda de cómo se llaman, aunque uno de sus nietos sea Gabriel Monteiro, campeón mundial de jiu-jitsu. Debajo de sus canas, Adelina guarda el recuerdo de la guerra del narcotráfico que sigue presente en su comunidad: un trozo de una bala perdida incrustada en su cráneo desde 1984. “No me duele ni cuando el tiempo cambia. Les pareció mejor dejarla ahí”, explica. Adelina fue al estadio gracias a las entradas que la Unidad de Policía Pacificadora (UPP) que llegó a su barrio para acabar –sin mucho éxito– con el dominio del narcotráfico, ofreció a algunos vecinos de la favela.

Fernanda Gomes, de 11 años, vive con su madre y dos hermanos en una casa cercana a la de Adelina. Una de las primeras cosas que cuenta es que su padre fue asesinado en 2015, lo que agravó el trauma que dice sufrir siempre que ve un arma u oye un tiro, algo habitual en su barrio. Además de la necesidad urgente de ir al baño, la pequeña cuenta que siente falta de aire, temblores y fiebre siempre que adivina la violencia cerca. “Hace unos años había tiroteos alrededor del colegio y siempre vomitaba. Ahora no puedo ver ni un policía armado, me pongo enferma”. La paradoja es que en la furgoneta que la lleva al estadio y donde relata sus miedos viaja un policía de paisano y desarmado, el responsable de su primera visita al Parque Olímpico.

Fernanda Gomes, de 11 años, vive con su madre y dos hermanos en una casa cercana a la de Adelina. Una de las primeras cosas que cuenta es que su padre fue asesinado en 2015, lo que agravó el trauma que dice sufrir siempre que ve un arma u oye un tiro, algo habitual en su barrio. Además de la necesidad urgente de ir al baño, la pequeña cuenta que siente falta de aire, temblores y fiebre siempre que adivina la violencia cerca. “Hace unos años había tiroteos alrededor del colegio y siempre vomitaba. Ahora no puedo ver ni un policía armado, me pongo enferma”. La paradoja es que en la furgoneta que la lleva al estadio y donde relata sus miedos viaja un policía de paisano y desarmado, el responsable de su primera visita al Parque Olímpico.

Las autoridades encontraron hace un año a los adolescentes Marlon y Misael en su casa de Campo Grande, un barrio de la zona norte de Río de Janeiro. Sus padres no estaban y ellos se encargaban de cuidar a sus hermanos pequeños. Desde entonces viven en un centro de acogida y, cuando se enteraron de que habían sido invitados al Parque Olímpico, abrieron los cajones de los armarios que comparten y desempolvaron las medallas de jiu-jitsu que conquistaron en el colegio. Marlon tuvo hasta que hacer un remiendo en la cinta de la suya para poder enseñarla con orgullo por si alguna cámara de televisión se fijaba en él. Lo único que saben de saltos ornamentales son esos mortales que alguna vez hicieron en la piscina. “No entiendo cómo pueden hacer tres seguidos, en serio te lo digo”, dice Misael.

Las autoridades encontraron hace un año a los adolescentes Marlon y Misael en su casa de Campo Grande, un barrio de la zona norte de Río de Janeiro. Sus padres no estaban y ellos se encargaban de cuidar a sus hermanos pequeños. Desde entonces viven en un centro de acogida y, cuando se enteraron de que habían sido invitados al Parque Olímpico, abrieron los cajones de los armarios que comparten y desempolvaron las medallas de jiu-jitsu que conquistaron en el colegio. Marlon tuvo hasta que hacer un remiendo en la cinta de la suya para poder enseñarla con orgullo por si alguna cámara de televisión se fijaba en él. Lo único que saben de saltos ornamentales son esos mortales que alguna vez hicieron en la piscina. “No entiendo cómo pueden hacer tres seguidos, en serio te lo digo”, dice Misael.

“Señora, tome nota de mi sueño”, pide Israel, de 15 años. “Mi sueño es hacer natación”, insiste. Israel tiene una enorme cicatriz de una quemadura en el brazo derecho, difícil de pasar desapercibida. “Fue mi padre”, dice, mirándose la herida. Hace un año que este adolescente vive en el albergue de Campo Grande, en el norte de Río de Janeiro, un sitio que le gusta, y donde dice pasárselo bien. Israel vive lejos de su madre, a la que también acogieron en un albergue, pero este martes soleado él solo que quiere hablar de cosas buenas. “Señora, anote mi sueño”, repite. “Voy a ser nadador”.

“Señora, tome nota de mi sueño”, pide Israel, de 15 años. “Mi sueño es hacer natación”, insiste. Israel tiene una enorme cicatriz de una quemadura en el brazo derecho, difícil de pasar desapercibida. “Fue mi padre”, dice, mirándose la herida. Hace un año que este adolescente vive en el albergue de Campo Grande, en el norte de Río de Janeiro, un sitio que le gusta, y donde dice pasárselo bien. Israel vive lejos de su madre, a la que también acogieron en un albergue, pero este martes soleado él solo que quiere hablar de cosas buenas. “Señora, anote mi sueño”, repite. “Voy a ser nadador”.

Entre el público que acudió al Maria Lenk había un grupo de adolescentes presos. Los jóvenes, que cumplen un régimen semiabierto por varios tipos de delitos, recorrieron 170 kilómetros —tres horas de viaje— para llegar al Parque Olímpico. “El mayor contraste en el evento son sus paradojas clasistas que ponen de manifiesto que existe un Brasil para la élite blanca, de clase media, y otra realidad reservada para los trabajadores, en su mayoría negros y pobres, que brillan por su ausencia, principalmente, en los eventos olímpicos de la ciudad”, explica el profesor de los muchachos, Erlon Couto.

Entre el público que acudió al Maria Lenk había un grupo de adolescentes presos. Los jóvenes, que cumplen un régimen semiabierto por varios tipos de delitos, recorrieron 170 kilómetros —tres horas de viaje— para llegar al Parque Olímpico. "El mayor contraste en el evento son sus paradojas clasistas que ponen de manifiesto que existe un Brasil para la élite blanca, de clase media, y otra realidad reservada para los trabajadores, en su mayoría negros y pobres, que brillan por su ausencia, principalmente, en los eventos olímpicos de la ciudad", explica el profesor de los muchachos, Erlon Couto.

 

 

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