19 de junio Natalicio de nuestro Prócer José Artigas

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José Gervasio Artigas nació en Montevideo el 19 de junio de 1764.

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En diferentes relatos podemos ver cómo era Artigas el prócer y también como era visto por sus enemigos ;desprestigio y traición.

Al situarnos en la época vemos lo difícil que era su lucha por liberar a su pueblo y unir la región .Sin dudas ideas revolucionarias para su época.

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Sus padres fueron Don Martín José Artigas y Doña Francisca Antonia Arnal. Su abuelo paterno, El pequeño José fue el tercer hijo de los seis que tuvieron sus padres. En la ciudad, el hogar familiar se ubicaba en la intersección de las actuales calles Cerrito y Colón en la ciudad vieja. Artigas era de regular estatura, robusto, de tez blanco, nariz aguileña, pelo negro, algunas canas, recio, y ancho de pecho. Reconocido por su humanidad y espíritu fraterno. Su sencillez lo hacía no parecer un general. Vestía como paisano.
Cómo era el “jefe de los orientales”.  En su forma de ser, era sereno y hablaba muy poco. Era muy respetado y querido por los indios y los gauchos de nuestra campaña. Artigas el caudillo con mayor ascendiente sobre la población de la campaña. Durante su actividad como integrante del cuerpo de Blandengues se había ganado la confianza y el apoyo tanto de los estancieros como de los habitantes más modestos. Siempre tuvo sus detractores como Pedro Feliciano Sáenz de Cavia , en un
 famoso panfleto publicado en 1818, se encarga de escribir muchas cosas negativas de Artigas (este dr era amigo del triunvirato y no deseaba intervención de Artigas lo tildaba de traidor . Posteriormente, Miller hace referencia a castigos que imponía Artigas y que no hay prueba de que Artigas hubiera empleado efectivamente estos castigos. Carlos María Ramírez daría años más tarde la última estocada a esta leyenda.

En 1820 fue publicado en Londres el libro “Voyage to South America” por H. M. Brackenridge, en el que se daba cuenta de la personalidad del líder oriental basada en la versión del general José Miguel Carrera. Artigas, según esta narración, era un hombre blanco con hábitos gauchescos, alejado de la ciudad, reacio a los lujos, “sencillo sin ninguna ostentación o aparato”. Era alguien a quien le gustaba la vida del campo, donde se había criado.No usaba –dice– ningún uniforme o señal de distinción y se alojaba en una carreta, cuidándose poco de los refinamientos o comodidades de la vida civilizada, a que, en efecto, nunca había pasado en las llanuras y tenía aversión a vivir en las ciudades así como las restricciones de la sociedad educada. Su residencia, entonces, era un pueblito sobre el Río Negro, llamado Purificación, compuesto de unas pocas chozas de barro, o cueros; pero el asiento de su gobierno a menudo cambiaba de lugar. Vive con la misma comida, y de la misma manera con los gauchos que lo rodean, no siendo él mismo en verdad nada más que un gaucho”.

Más tarde, en 1839, se hicieron públicas las narraciones de J. P. Robertson, en las que el autor –hecho prisionero por las fuerzas artiguistas– describe la siguiente anécdota cuando visitó Purificación, que da cuenta de las costumbres del general: “¿Qué creéis que vi? Pues al Excelentísimo Protector de la mitad del Nuevo Mundo sentado en un cráneo de novillo, junto al fogón encendido, en el piso del rancho, comiendo carne de un asador y bebiendo ginebra en guampa”.

Posteriormente, Luis L. Domínguez lo trazaría en su “Historia Argentina” de 1861 como alguien “taciturno y silencioso”. Y, en 1881, Francisco Bauzá, en “Historia de la Dominación Española en el Uruguay”, lo describió así: “Era sobrio en sus costumbres, sufrido contra los rigores de la intemperie y constante para afrontarlos […] Vestía con sencillez, casi siempre sin insignias militares, y cuando las ponía, apenas se reducían a la espada y un angosto viso rojo en la casaca. Prefería como traje habitual, aun después de haber ascendido a las más elevadas posiciones, el traje de los estancieros del país, con su ancho sombrero de paja, el pantalón angosto, chaqueta burda y zapatos de cuero”.

Carlos María Ramírez, desde “La Razón” de Montevideo, cita una expresión del “más puro de sus compañeros de armas”, don Joaquín Suárez, quien habría dicho: “No era sanguinario, y sí muy sensible con los desgraciados”. Su inclinación a los sectores más humildes de la población lo caracterizó siempre, y con ellos peleó y sufrió penurias hasta sus últimos días.

Es famosa la anécdota de un joven oficial brasileño que fue a conocer al viejo Artigas a Paraguay. “¿Mi nombre suena todavía en su país?”, le preguntó el anciano general al visitante. Al recibir una respuesta afirmativa, dijo tras una pausa: “Es lo que me resta de tantos trabajos: hoy vivo de limosnas”.

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fuentes archivos /uruguayeduca / red21/google/

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